Un grupo de investigación de la Universidad Nacional de General Sarmiento lleva adelante un proyecto para detectar la presencia de microplásticos en alimentos con el objetivo de certificar productos libres de estos materiales. La iniciativa surgió a partir del pedido de una empresa y utilizan equipamiento específico para este tipo de análisis.
Por Matías Alonso __Agencia TSS
– Desde mediados del siglo pasado los plásticos tienen un uso masivo y el hecho de que no puedan degradarse plantea no solo un problema ambiental sino de salud, dado que al romperse en pedazos muy pequeños pueden ingresar en alimentos, que circulen por nuestra sangre y lleguen, inclusive, hasta el cerebro humano. Hoy se encuentran microplásticos en todos lados, en el aire, la tierra y el agua, incluso en lugares remotos como los glaciares y la Antártida. Estudios preliminares encontraron microplásticos en la placa formada por el colesterol en las arterias, también reacciones inflamatorias y que generan problemas para que los intestinos puedan absorber nutrientes.
La omnipresencia de los microplásticos hace que sea difícil controlar su consumo pero hay algunas alternativas que se sabe que reducen el riesgo. Se recomienda el uso de bioplásticos, evitar el uso de plásticos de un solo uso como cubiertos de plástico o botellas descartables, y consumir agua filtrada, entre otras. Un equipo de la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS) comenzó a analizar su presencia en alimentos.
El director del proyecto es Javier Montserrat, doctor en Química e investigador y docente del área de Química Ambiental del Instituto de Ciencias de la UNGS e investigador independiente del CONICET, quien le dijo a TSS: “Se supone que la vía de ingesta de microplásticos más común es por alimentos. Ya hay mucha bibliografía explicando el riesgo al consumir gaseosas, cervezas, infusiones, vegetales, carnes y productos elaborados. Cada vez que consumimos un alimento estamos incorporando una cantidad determinada de microplásticos. Nosotros nos estamos juntando con las empresas para conversar y ver qué posibilidad tienen de hacer un pequeño cambio tecnológico para mejorar la calidad de sus productos. Y así desarrollar una marca argentina de alimento libre de microplástico, o con microplásticos controlados. Como un sello de calidad equivalente a los alimentos libres de TACC, para crear una ventaja para la Argentina”.
Uno de los problemas de los microplásticos es que prácticamente no existen lugares libres de ellos, en todos lados se encuentran y su tamaño tan pequeño hace difícil filtrarlos. “En suelos urbanos tenemos un problema grande con los microelastómeros, que son fragmentos muy chiquitos de caucho de los neumáticos de una décima de milímetro, que se liberan cuando se van desgastando en el uso. Eso se va acumulando en los cordones de las veredas, se lava con las lluvias y terminan en los cursos de agua, que después es el agua que tomamos. Creemos que esto es el origen del bisfenol A, también conocido como BPA, que circula en el agua y es un conocido disyuntor endócrino, asociado a riesgo metabólico”, explicó Montserrat.
Uno de los problemas que existe hoy para hacer una normativa sobre la presencia de microplásticos es que todavía no hay un consenso toxicológico sobre cuál seria un nivel aceptable de cantidad de microplásticos en un alimento y cuál es un nivel peligroso. Una de las fuentes de incorporación de microplásticos en los alimentos es por el agua que se usa para su elaboración. Es posible reducir su cantidad filtrando el agua que se usa pero obviamente esto requiere un costo de producción que debe agregarse.

“La universidad pública debe involucrarse porque este tipo de estudios difícilmente vayan a iniciarse en el sector privado por la simple razón de que pueden conllevar un costo económico. Existen tensiones entre las mejores tecnologías de producción, los costos y la salud pública. En esas tensiones creo que la universidad pública puede mediar ya que es un actor autónomo en términos intelectuales, entre otras razones esa es la razón de su autonomía económica, de no tener que reportar al poder político de turno, ni a determinado interés privado. Está en una posición más equilibrada para poder aportar información científica que pueda generar cambios. Tenemos que seguir comiendo pero estamos discutiendo cómo mejorar lo que estamos comiendo. Al mismo tiempo, es una oportunidad para los productores que quieran exportar un producto de mayor calidad y competitividad”, dijo Montserrat.
La idea surgió a través de un pedido que hizo una empresa que vende mate cocido, la marca Cósmico, que querían probar que sus saquitos no generaban microplásticos. Una de las fuentes importante de ingesta de microplásticos tiene que ver con que los saquitos de té, al estar en contacto con el agua caliente libera microplásticos. Porque el saquito es de celulosa pero con un entramado sintético, generalmente polietileno. Ésta empresa usa un saquito que es 100% celulosa y necesitaba probar que no liberaban nada de microplástico y por eso encargaron el estudio a la UNGS. Montserrat agregó: “Estamos viendo si, como universidad pública, podemos aprovechar la situación para mejorar el entramado productivo explicando cuáles el problema, pero a la vez mostrarlo como una oportunidad para diferenciarnos de otros países. Si tuviéramos un control público sobre los microplásticos, porque seguramente hay empresas que hacen sus controles internos pero no los publican, sería un plus para nuestra industria”.
Actualmente, el desarrollo del proyecto se encuentra un poco ralentizado debido a la falta de financiamiento desde el Estado luego de la casi desaparición de la Agencia I+D+i como organismo a cargo de impulsar este tipo de iniciativas públicas. “Esto podemos hacerlo porque recibimos un equipo gracias a fondos del Gobierno anterior, a través del programa Equipar Ciencia II. Es un cromatógrafo gaseoso con detector de masa acoplado a un analizador termogravimétrico y un equipo pirolizador, que permite medir el contenido de microplásticos en pequeñas cantidades. La idea es avanzar con la industria alimenticia, no con la idea de perseguir o de ser una policía sanitaria, sino, muy por el contrario, para tratar de motivar a los sectores productivos de que a lo mejor es posible aprovechar esta circunstancia para tener una diferenciación por calidad en los productos argentinos”, explicó Montserrat.
“El proyecto se está financiado con la cola de los subsidios que recibimos del Gobierno anterior porque este gobierno cortó prácticamente todas las fuentes de financiación habituales. También tenemos algunos fondos propios de la universidad. Quiero remarcar la importancia de la financiación del Estado para la ciencia básica y aplicada que difícilmente pueda provenir de un privado, independientemente de que una empresa pueda pedir un servicio tecnológico. Pero todo lo que pueda tener un impacto en el ambiente, en la salud y también en tensiones económicas, es importante que pueda ser encarado por el Estado. En ese sentido estamos muy complicados, al igual que la mayoría de los proyectos científicos en la Argentina. Si esta situación perdura en el tiempo, buena parte del sistema científico universitario va a quedar desmantelado”, advirtió el investigador.

