Y lo firmaron. Ya no es un proyecto, ni un temor entre pasillos. Es un decreto. Con número, con tinta, con nombre y apellido. Y con consecuencias.
A partir de ahora, el INTI -el Instituto Nacional de Tecnología Industrial- deja de ser un organismo autónomo. Ya no decidirá su rumbo. Ya no hablará con voz propia. Ya no caminará con sus pies.
Desde ahora, será ejecutor. No pensador
Y eso, aunque suene técnico, burocrático, lejano, va a cambiar muchas cosas. No en los escritorios. En las fábricas. En las rutas. En los hospitales. En las cocinas de las escuelas. En el trabajo cotidiano de quienes producen, innovan, alimentan y exportan.
Porque el INTI no era una oficina. Era un puente.
El puente que conectaba a una PyME con el mercado europeo. Que ayudaba a un emprendedor del conurbano a reducir el uso de plásticos contaminantes. Que evitaba que se vendan chalecos antibalas sin ensayos balísticos reales. Que decía “esto está bien hecho” cuando nadie más tenía con qué medirlo.
¿Y ahora, qué puede pasar?
-Una incubadora puede fallar en su temperatura… y un recién nacido pagar el error.
-Un puente nuevo puede mostrar fallas estructurales… si nadie certifica los materiales.
-Un envase de alimentos puede migrar químicos al producto… y nadie lo sabrá hasta que sea tarde.
-Un juguete para tu hijo puede tener piezas pequeñas mal etiquetadas… y el riesgo no tendrá advertencia.
-Un cinturón de seguridad puede estar mal cosido… y nadie lo detectará antes del accidente.
-Un horno eléctrico puede no cumplir con las normas de seguridad eléctrica… y provocar incendios domésticos.
-Una balanza en un mercado puede estar descalibrada… y en vez de 1 kilo, te vendan 850 gramos.
-Un respirador puede no funcionar con precisión… y en una emergencia, el margen de error puede ser fatal.
-Una etiqueta energética falsa puede convencerte de que ahorrás… cuando en realidad pagás más por menos.
-Un neumático revienta por falla de fábrica, pero ni la justicia podrá comprobarlo.
Nos dijeron que no nos preocupemos. Que nada cambiará. Pero lo que está pasando no es una poda. Es una amputación. No es un ajuste. Es una rendición.
Porque si el INTI ya no puede tomar decisiones autónomas, ¿quién las tomará? ¿Y con qué criterio? ¿El del mercado? ¿El del político de turno? ¿El del que hace más lobby?
La industria no se construye con slogans. Se construye con ciencia. Con técnica. Con verdad.
Y el INTI era eso: técnica al servicio de la verdad. Del desarrollo. De la soberanía industrial.
Hoy, la Argentina se queda un poco más sola.
Se firmó un decreto. Pero lo que pasó es mucho más que eso. Cayó el sistema que protegía a quienes no tienen cómo defenderse solos: el consumidor, el emprendedor, la PyME, la escuela rural, el ciudadano de a pie.
Hoy, más que nunca, la sociedad necesita saber. Y nosotros, que sí sabemos, no podemos callarnos.